Por Leticia Portilla.
Sentir a México es
algo que está
hoy en el corazón
de muchos, un latido social que se agrega al latido biológico que
cada uno de nosotros alberga. Sentir con el corazón a México es
hoy indispensable para regenerar a nuestra patria y dejar atrás la
espiral de barbarie, violencia y desigualdad que tanto nos degrada y lastima en
lo individual y lo colectivo. Nadie puede creerse al margen de lo que hoy
ocurre ni de lo que venga en el porvenir. Este 2012, año de
elecciones, es también, al decir de los mayas, el cierre
de un ciclo.
Vivimos, pues, un año de
re-creación
para decidir quiénes
queremos ser y hacia dónde deseamos dirigirnos.
Nuestra democracia es frágil e
incipiente, dominada aún por fuerzas e intereses que escapan
al control ciudadano. La lucha no es sencilla en este camino sembrado de obstáculos
visibles y sutiles por parte de quienes quieren que nada cambie y están
dispuestos a pagar el precio que sea para que todo siga igual. Etapa difícil, sin
duda, la de este nuestro tiempo histórico, en la que se combinan rebeldías y
sumisiones, inercias del pasado y atisbos del porvenir.
Sin embargo, hoy se han comenzado a
cuestionar a fondo realidades que se creían o suponían
inconmovibles, esencialmente el poder de los medios de comunicación
tradicionales para decidir sin más y a nombre de todos el rumbo del país.
En medio de las complacencias y los
lugares comunes irrumpieron los jóvenes para recordarnos que no somos
audiencia sino ciudadanía, que es decir mujeres y hombres
libres capaces de informarnos y decidir por nuestra cuenta. Muchos sabíamos que
tras la escenografía que diariamente se asomaba desde
las pantallas de televisión se ocultaba una realidad social
hiriente. Lo sabíamos
y lo tolerábamos,
a veces con cansancio, a veces con indignación, a veces
incluso con desinterés. Pero muy pocos eran los que se
atrevían
a hacer algo al respecto. Los jóvenes que salieron a las calles
tuvieron la virtud de decírnoslo a gritos a la cara, de
despertarnos, de generar una inesperada primavera política, la
estación
que refrescó
a nuestra democracia, siempre tan en manos de los políticos
profesionales, los empresarios de siempre y sus infaltables voceros y
comunicadores, tan ahítos de verdades a medias o de
mentiras completas.
Este martes 19 de junio será una fecha
clave, punto de encuentro entre quienes aspiran a gobernar y ellos, los jóvenes, que
aspiran a transformarlo todo. Quién tenga la capacidad de escucharlos y
poner el corazón
al servicio de ese tiempo nuevo que anuncian sus pasos, sus pancartas, sus
voces, su alegría,
podrá,
sin duda, servir a esa renovación que tanta falta nos hace y que hoy
muchos anhelamos con esperanza. Porque hoy el México que
nace no necesita un gobernante en el sentido tradicional de la palabra, sino más bien a
alguien capaz de actuar en sincronía con ese estallido de esperanza por
México, al
que muchos pensaban prácticamente muerto.
Las redes sociales, plazas plurales
de expresión,
han dado cauce a esta campaña presidencial, al debate, a la
noticia que los medios de siempre nomás no aparece, al sentir de una
sociedad que no quiere ya más ocasos, sino albas. Desde ellas se
libra buena parte de la batalla entre el pasado que se resiste a marcharse y el
futuro que, sin llegar, anuncia sus primeros rasgos. Asistimos al preámbulo de
lo que puede ser una gran fiesta cívica si los políticos y la
sociedad son capaces de reconocer la profunda transformación que se
incuba en la nación.
De la más
pequeñas
comunidades rurales a las más complejas ciudades atestiguamos el
alzamiento de una sociedad cada vez más activa, participativa, creativa y
crítica. Atrás van
quedando viejos moldes e inercias. En el aquí y el
ahora es de México
están
naciendo nuevas formas de participación y caminos inéditos para
expresarla. Desatinado aquel que piense que México será el mismo
de siempre luego del 1ro. de julio.
Hoy vemos las mansiones de los nuevos
ricos del PAN, que dejaron atrás su compromiso ético con
el cambio para pasar a ser vecinos geográficos (y políticos) de
aquellos a quien por décadas criticaron, esos a quienes hoy
representa Peña
Nieto y la cauda de los Yarrington, Montiel, Marín, Moreira
y otros tantos que encarnan la restauración de la corrupta y cínica
presidencia imperial. Jóvenes y viejos participan en esa
danza de dos rostros donde el PAN y el PRI acabaron por parecerse tanto que a
veces resulta difícil
saber, en los hechos cotidianos, quién gobierna a la tragedia que hoy es México.
Como priista de años vi de
cerca la forma en como se dejaron ir las oportunidades para el cambio del
partido en estos dos sexenios. Tiempo hubo, causas también. Lo que
faltó
fue voluntad. Era más cómodo vivir
en la burbuja de los privilegios y la línea. La inercia fue siempre
preferible para quienes nunca dejaron de ejercer el mando a partir de sus
viejas rutinas, de la simulación, de la vejez espiritual cuando no
francamente física.
¿Y por qué no? Después de todo,
con el PAN no había
diferencia, sino connivencia.
Viví como en
un sueño,
creyendo en las intenciones, pero despertando a punta de realidades. Fue un
proceso largo y meditado en el que realidad nunca dejó de
mostrarme el uso de mera mercancía electoral que se le daba a quienes
en diversos procesos electorales se acercaban al PRI con su esperanza a
cuestas, creyendo con nobleza que el partido los buscaba para ese fin que
debiera ser origen de cualquier partido que se precie de serlo: la recuperación y
representación
de las causas de la sociedad, sobre todo de quienes más lo
necesitan, para a partir de ahí transformar la realidad. Pero nunca
fue así.
Eran solo sus votos los que importaban. Votos para que siguiera girando la
rueda de los gobiernos que terminan por olvidarse de todos salvo de los
intereses de quienes gobiernan.
De la campaña de uno
en uno, de voz en voz, de López Obrador, a los faraónicos
eventos de EPN, hay una distancia de la Tierra al Cielo. De la camioneta común a la
Suburban blindada, del vuelo comercial al jet privado. Una campaña, la de
Peña,
signada por el derroche en un país de mas de 50 millones de seres
humanos en pobreza extrema, a la que la inconsistencia del PAN agregó no solo más pobres,
sino decenas de miles de muertos por la absurda guerra de los últimos
seis años,
para cerrar con el inefable Fox que llama hoy a regresar a patadas a Los Pinos
a los mismos que hace apenas doce años llamaba a sacar a patadas. Y a los
que nunca sacó.
¿Hasta dónde
quieren llevar a México el PRI y el PAN?
Todos los días me
pregunto que han hecho estos políticos impostados, que aparentemente
hablan tan bien, que saben de todo, por ese México
profundo, el de todos los días, el que duele... pero el que también lucha,
el que no se ha rendido y se niega a seguir viviendo en la sumisión y la
desesperanza. El mejor antídoto para esos políticos
sofisticados, "altamente preparados", falsos finalmente, es la naturalidad.
La naturalidad tiene lo suyo, la naturalidad es el remedio para esa chinga que
le han metido a la sociedad, al país entero, estos "políticos tan
hechos."
El 1ro. de julio se decide el futuro
de la nación.
Quizá,
en el momento de esa soledad, frente a una caja llamada técnicamente
urna, predomine el temor, el miedo, la nostalgia o la incertidumbre. Esas son
las emociones que llevamos dentro. Por una parte, un país
ensangrentado, con más de 60 mil muertos, personas con
nombre y apellido borrados por las balas de una guerra sin estrategia que ha
violentado a todo el país. Aquí no hay
leyenda, solo realidad, y creo que esa violencia cotidiana sin distingos es lo
que menos queremos seguir viviendo. El Estado está obligado
a dar seguridad a sus ciudadanos, pero también está obligado
a darla en los términos
más amplios,
y ello incluye la decisión de que la paz es en buena medida
fruto del bienestar y de las oportunidades de una vida digna para todos.
En esta hora de cambio, México
necesita otra mirada, un cambio de mirada: la nuestra, la del ciudadano de a
pie, de carne y hueso. No más políticos mecánicos, no
más políticos sin sentimientos. Lo de hoy, y aún tenemos
que aprenderlo, es la vida sin formato ni guiones. Ya vimos qué pasa
cuando no hay guión,
cuando no hay talento, cuando el mundo está, pues, de cabeza.
Hay un país que está más allá del
"círculo
rojo" al que la sencillez y la naturalidad le llega. No desestimemos el
hartazgo que hay en las grandes mayorías, ésas que
están
saliendo a la calle todos los días. No decidamos el voto con la óptica de
nuestro mero entorno. Veamos lejos, hasta el último rincón de la
patria, y si la mirada no alcanza, imaginemos los ejidos, las unidades
habitacionales, las fábricas y las colonias populares donde
se tejen los sueños
de tantos mexicanos. Pensemos también en nuestros paisanos, en los que se
han tenido que marchar al otro lado del río Bravo. Pensemos desde luego, en los
migrantes centroamericanos que cruzan el territorio nacional, pensemos con
compasión,
que es, simplemente, sentir el dolor del otro para saber que todos somos los
mismos y que es ahí donde nuestra común
humanidad adquiere el sentido más amplio.
En el momento de cruzar la boleta, no
olvidemos que mientras en el México de abajo hay una profunda desigualdad
social, en el de arriba las cubetadas de desprecio no tienen límite. Leía en estos
días a Pedro
Ferriz, periodista que no conoce la ética y cuya duenta de Twitter está cargada
de violencia verbal. Así podría
mencionar a Ricardo Alemán, a Ciro Gomez Leyva, a Carlos Marín, a
tantos empoderados que son buenos para juzgar a la violencia de otros, pero que
hablan siempre ellos mismos desde la violencia y el desprecio.
Hay décadas de
silencio, hasta que llega un momento en que todo ocurre, el del "ya basta".
La sociedad ha dejado de ser un mar de marionetas que se manipulaban mediante
hilos desde el poder. En consecuencia, puedo decir que lo menos deseable es que
el 1ro. de julio haya una elección "a la priísta"
y avasallando y atropellando se quiera imponer a un presidente.
Salgamos a votar por México, hagámoslo
desde el corazón,
sin esa víscera
que señala
al candidato de las izquierdas como el Chávez. Han reeditado el 2006 porque no
tienen nada nuevo que achacarle a Andrés Manuel, quien ni siquiera se ha
expresado en contra de la actitud intromisoria del presidente Calderón y su
gabinete al descalificar sus propuestas del pasado debate. Han sido, los de
AMLO, 6 años
de lucha pacífica
y cívica.
Resolvamos nosotros esta elección. Ningún partido
puede ganar el 1ro. de julio la presidencia con su voto duro.
Nosotros decidimos, hagámoslo
razonadamente; no nos confrontemos, somos todos mexicanos.
La película
"Colosio, el asesinato" nos trae a la memoria ese México con
hambre y sed de justicia y ese México lleno de soberbia en las
oficinas gubernamentales en todos sus niveles. Ese México, en
el que Luis Donaldo habló en un ejercicio de autocrítica de la
excesiva concentración del poder que da lugar a decisiones
equivocadas, al monopolio de las iniciativas, a los abusos y a los
excesos.Concluyo con una parte de ese memorable discurso del 6 de Marzo de
1994: "No queremos ni concesiones, al margen de los votos, ni votos al
margen de la Ley... Es la hora de la confianza para todos; la de traducir las
buenas finanzas nacionales en buenas finanzas familiares... El gran reclamo de
México es la
democracia. El país
quiere ejercerla a cabalidad."
Con la certeza del cambio verdadero,
vayamos juntos a serenar el país, empecemos por nosotros mismos, hagámoslo con
esperanza, con certidumbre, con la certeza de que hay otro camino, un mejor
camino, que no hemos recorrido como país y al que todos tenemos algo que
aportar.